18 abr. negras tormentas agitan los aires

  • clavo

 

The good guys dress in black remember that
Just in case we ever face to face and make contact

Will Smith-Men in Black


  El búho de Moncloa a Villalba marca las dos y pico de la mañana, y al darme cuenta de la fecha de hoy me incorporo sobre el asiento acorchado. Es 14 de Abril, y yo ando con una mezcla de emociones que deja en ridículo a todos los cócteles del mundo – salvo quizás al molotov. Me queda nada para volver a Inglaterra, y pienso en cuánto de quemado sigo de España.
  Los fachas dicen que con dos gotas de sangre y un rayo de sol Dios hizo una bandera y se la dio un español. Nos condenó a derramar sangre por la patria, por el fútbol, por la Iglesia. El sol atiza la península, nuestra colonia-archipiélago africano y los dos pelos que exponemos en la vitrina del toro-IMPERIO ESPAÑOL, también al norte de África. Este toro sobrevive desde hace ciento veinte años en la cabeza de muchos de los muy españoles y mucho españoles, pero muere a diario en lo que hace un par de milenios se decía coliseo y hoy Patrimonio Cultural de la UNESCO.
  La bandera española, con y sin pollo, por la gracia de Dios lleva dos gotas de sangre, y por la gracia de Dios hemos exprimido la sangre de docenas de pueblos, empezando por los nuestros. La franja resplandecientemente dorada es quizás tan resplandeciente que abrasó al pollo, dejándolo escondido dentro – por el resplandor gracioso de Dios.
  Aunque no siempre fue así, o quizás solo quiero creerlo. En 1931 unos señores quisieron sustituir una de las gotas de sangre por el morado, heredado de Castilla, lo que me hace preguntar dónde quedan el resto de pueblos, e imagino que en la franja de la gota. Ésta pasó a ser lago de sangre: de jornaleros, mineros y albañiles, de Casas Viejas, Asturias y Cataluña. Mientras, el sol, que con enorme pesar ya se había puesto en el toro-IMPERIO ESPAÑOL, seguía iluminando todo. Desde lo alto y por la gracia de Dios, o por la del Secretario General, el sol atizaba las espaldas de quienes marchaban las máquinas, molían trigo y pulían las cuberterías señoritos. Todo bajo la atenta mirada de otro toro.
  Un aguilucho que rondaba por allí alentó a los dos sementales a pelear entre ellos, con el fin de rapiñar los restos de la cruenta batalla. Contaron con ayuda: uno con la de un oso exótico, el otro con la de un águila centroeuropea y un lobo mediterráneo. Predadores por naturaleza, asaltaron al contrincante por el norte, el sur y el oeste, aunque nunca pasaron por el centro. El oso se echó la siesta, engullida toda la miel que le había fletado el toro a cambio de su ayuda, mientras el gallo y león vecinos miraban a otro lado. Todas las gentes que vinieron a su rescate no fueron suficientes.
  Por la plaza llevaba años merodeando un gato, un gato negro, de los que acompañan a las brujas. Con el primer corneo entre ambos toreos vio su oportunidad de desactivarlos, y con toda destreza intentó desterrar a los sementales. Se olvidó que, por la gracia de Dios, o la del Secretario General, un español son dos gotas de sangre y un rayo de sol, y ambos toros hicieron trizas al gato, trizas rojas que secaron al sol.
El toro vencedor dictó lo que quiso y como quiso, y tanto quiso iluminar a quienes vitoreaban al toro vencido que los recordó el otro color de la bandera que disfrutamos, y por gracia de Dios los sepultó bajo tierra. No hace tanto que coronó a su heredero, quien continuó su labor de sangre y sol. Le tomó el relevo su hijo, a causa de que el coronado toro frecuentara demasiadas vacas, se enfrentara a un elefante y su yerno hiciera lo que mejor sabemos hacer los españoles: serlo, hasta el infinito y plus ultra. Parece que la sangre y el sol son nuestros clavos, los clavos de uno de los pueblos de Dios, los clavos de un Jesús en la cruz a merced del sol y la sangre.
  No nos olvidemos que ambos toros mantienen la gota de sangre y el rayo iluminador, la esencia de España. La luz hace que los ojos sangren y pierdan visión. De noche, ahora oscura como el gato, ni siquiera se ve la cruz que reina sobre el valle de Cuelgamuros, la cruz más grande de todo el planeta – porque muy y mucho español. No obstante, hay mil y un farolas poblando la escena, como cagarrutas de mosca en un libro antiguo. Me pregunto qué sería si desapareciesen todas, y con ellas su labor iluminadora, y sonrío.
 De noche, todo puede ser, porque como dijo un mecánico leonés, llevamos un mundo nuevo en nuestros corazones, y ese mundo está creciendo en este instante.

Pablo González (18)

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