18 ene. Sabaibaru

  • japón

La vida es como el café. Una sucesión eterna de subidones y bajones. Tú decides cuánto azúcar echar. Por mi parte, huyo de lo dulce en la medida de mis posibilidades. Le echo poca o ninguna leche al café, y lo tomo de vez en cuando.
  El reciente fracaso conjunto de la gestión de la ruptura con la persona más importante que ha pasado con mi vida, el fracaso del movimiento político a mi alrededor, el fracaso de mi avance místico… bueno, quizás no sean fracasos, pero yo los percibo así… al menos ahora que se me está yendo el efecto de la cafeína. Me ponen obstáculos para salir de la cama diariamente. Me impiden saber apreciar de todo a mis amigos, a mis buenas notas, a oportunidades como la experiencia monástica budista en China a la que he tenido acceso. Me previenen de escribir. Me frustra el movimiento político porque suele cojear del pie místico-espiritual, y me frustra el movimiento místico-espiritual porque suele cojear del pie político. La liberación total, la revolución debe ser social e individual. Hasta el momento… bueno, para qué engañarnos. Trago saliva, suspiro, me quedo mirando al escritorio de mi portátil.
 Me llama Adri, no es algo poco común. En principio le veo en diez días, va a venir a trabajar unos meses en la isla huyendo del paro juvenil, de la droga, de una familia desestructurada.
 -Pablo, tío… No creo que vaya a Bristol. Ni con ella, ni solo.
 -Dime. -respondo rápido- ¿Qué ha pasado?
 -Nada, que Tamara se comunica muy mal y bueno, tampoco es que pase por aquí, yo intuyo que no quiere estar más conmigo. Aparte ha suspendido el examen del carné.
  Había dejado muy bajito a Scandal, grupo 100% femenino de rock japonés que me encanta, pero lo acabo de pausar. He frenado en seco a Tomomi Ogawa, bajista y segunda vocalista, en Kill the virgin: ‘Kono merodii de watashi-tachi ga tasukaru hazu nai yo. Kowarechaisou ni naru nanka samishii ne que viene a significar: Esta melodía no nos puede ayudar. Estoy rota, me siento sola.
  Nuestra llamada dura veinticinco minutos, y sé que se ha alargado porque Adri simplemente necesitaba a otra persona dándole calor.
  -Yo, poco más te puedo decir y poco más puedo hacer que darte ánimos. No tengo dudas de que saldrás adelante, eres muy fuerte. De eso no tengo duda contigo. Lo que sea, estoy a unos clicks de distancia.
  Colgamos. Me encanta cocinar, el saber que llevas algo a cabo por ti solo. Cuscús con verduras, el plato me debe de rondar la libra. Mi plato de comida vale cuatro minutos de trabajo. No obstante, ayer tuve un día de mierda haciendo tours, en el que necesité una cuarenta y siete minutos para pagarme este plato. Muerte al curro, a mi jefe y al dinero.
  Con el tiempo he aprendido que son los yogures de vainilla los que me animan a ponerme a currar después de comer, que son las pajas las que me alivian por un período de tiempo demasiado corto las ganas de follar, que son las horas que paso en la biblioteca discerniendo, por ejemplo, si los argumentos para la existencia de Dios de los Nyayikas son convincentes, las que me desocupan la mente de problemas de verdad. Me gustan los yogures Alpro de vainilla, aunque te acepto todos los sabores; las pajas con la mano derecha, que la izquierda se me cansa; estar absorto leyendo durante horas para Estudios de las Religiones, olvidándome de que he de comer para sobrevivir.
  A ritmo de Oyasumi, guiada por la voz de Rina Suzuki, batería y cuarta vocalista, tecleo editando mi próxima entrada en Los 52 golpes. ‘Enen ni tantan to. Eien ni ranran to’, que se traduce en: Sin cesar, indiferentemente. Eternamente resplandeciente. Me tengo que fiar de las traducciones en blogs de fans, encima pasándolo del inglés al castellano. Traducir es racionalizar; yo no sé nada de japonés, pero comprendo las canciones de Scandal bastante bien. Me seleccionaron para el proyecto creativo Los 52 golpes, que recupera una propuesta de Bradbury que consiste en escribir semanalmente. El de esta semana ha sido ‘Molinos’, una sucesión de trece haikus sobre la relación con mi última ex, divididos en doce más uno. Las relaciones sexo-afectivas son de doce, número sagrado, pero en esta sociedad nunca serán libres, plenas, sanas, de ahí los trece haikus.
  El móvil me vibra sacándome, por un momento, de mi concentración aporreando teclas. Es Ainize, me ha pasado una foto de un cuadro suyo, inspirado en la idea del caos. En primer plano aparece un laberinto de un verde muy apagado, en el que hay postes de madera unidos por, más que cables, telas de araña del color de los sudarios. También descansan plácidamente sobre las paredes del laberinto pilas de ratas muertas. Al fondo, se cierne, sobre todo -también sobre ti como observador- una masa amorfa que combina el rosa, el morado, con unas pinceladas muy oscuras. De ese monstruo tú haces lo que te ahoga, lo que te come por dentro como termitas a la madera, lo que te persigue. Debes tomar consciencia de que estás en ese laberinto y que debes decidir qué hacer: si huir de la masa y sobrevivir – o dejarte atrapar.
  Me llegan varios mensajes seguidos de mi madre, encabezados por una foto a un calendario personalizado que le ha dado mi padre como regalo para sus 50. El cumple de mi hermano está en el día incorrecto. Mi padre le echa la culpa a la imprenta cuanto todo el mundo sabemos que ese no es el caso. Recuerdo una de las últimas conversaciones que tuvimos mi madre, abuela y yo antes de volverme a Inglaterra para el segundo trimestre.
  -Yo lo siento, mamá, viste tú misma que no era posible que pasara aquí tu cumple contigo. La yaya tiene mi regalo, ya lo sabes.
  -Ya, lo sé, era un deseo mío nada más. Solo quiero recordar mis 50 como Dios manda. -contestó- Pero lo que quiero de verdad no va a ser posible.
  -Hija -dice mi abuela-, ya sabemos que con el cernícalo de tu marido no va a ser posible.
  -Yo solo quiero ser feliz.
  -Nos tienes a nosotros, mamá. A mí, a la yaya, a David aunque sea todavía un poco pequeño, a la Kyra que aunque por ser una perruna no entiende nada pero te da mimos.
  -Ya, ya lo sé. Si no tengo de qué quejarme.
  Mi abuela y yo nos miramos, sin abrir la boca. Mi madre saca el pañuelo de tela para secarse las lágrimas.
   La voz de Mami Sasazaki, guitarrista y tercera vocalista, me transporta a otros lugares, lugares de los que no querría escapar. La atracción a esos lugares se multiplica porque la estancia en ellos es fugazmente ilusoria: la primera chupada de una mamada, el Muro de las Lamentaciones en víspera de shabbath, el subidón de un porro cargado. Véase el final de Koe: ‘Tsuyogatte samishigatte soredemo watashi wa aruiteiku. Mitenai ano eiga wo ashita kaeshi ni ikou’, en castellano: Aunque pretenda ser fuerte y echarte de menos, continuaré andando. Mañana devolveré la película que no me vi.
  Termino de confeccionar los billetes del bus al aeropuerto -que aprendí a apañar, si me he explicado- para imprimirlos, que este viernes que me marcho a Amsterdam a ver a personas increíbles con las que viví mi experiencia monástica el pasado Julio. Al mover papeles sucios tapando el botón de On y Off, encuentro escondidas la ración de setas que me queda. Suspiro y las muevo despacio a un cajón. Te resumo mi última experiencia con ellas, la que se tildaría como un ‘mal viaje’. Me resisto a ponerle esa etiqueta, porque los psicodélicos no te enseñan nada que tú ya no supieses, y la introspección es clave en estas tazas de café que muchas de nosotras nos metemos entre pecho y espalda con mayor o menor frecuencia.
  Quise escribir, y a duras penas, viendo el papel como una pantalla en la que apoyaba el bolígrafo, a pelo. Lograba sujetarlo apretando el puño, como cuando me agarro otra herramienta. Esta fue la hoja que sintetizó el viaje: Encabezando el resto, escribí Esta es la última. La tengo que intentar hacer to bonita. (insh’Allah). De intentar saqué una flecha, que lleva a y ese es el problema. Me está costando leer mi letra, porque esta vez mis palabras son, más que legibles, puntillistas. En el centro, dibujé un stickperson arrodillado, con un signo de interrogación encima de su cabeza, un báculo tirado en el suelo a su lado. Enfrente un oasis con una palmera. Justo debajo del dibujo, empiezo Sí, eso es Es ES, el último es ocupando casi la hoja entera. Abajo, bien pequeñito, terminé la frase: Dios. A la izquierda, dibujé un ser ciclópeo que irradia luz. Lo acompañé con un jajaja y Que sí, que no sé a dónde ir. Abajo a la derecha, abandonando el puntillismo, puse: Teniendo miedo, 3/12/017. Nota para mi futuro [¡yo!] <Asco y quién se la quiera leer: eres tan odioso que te amo. Añadí un corazoncito. Para terminar, recuerdo que yo mismo me contesté, al final de mi nota, a mi previa enunciación teológica: Sí, eso es Es ES Dios.
Nada.
  Este viaje, con claras tendencias católicas, contrasta mucho con el anterior. Tomé las setas antes de emprender la subida al Cerro del Telégrafo por Moralzarzal. Me separé del grupo, y precisamente por mi ausencia de expectativas y por tanto sugestión, acabé teniendo mi más intensa experiencia mística. Todo vibraba, diluyendo las diferencias entre las entidades que consideramos reales. Solo podía definir, y no sin esfuerzo, la luna: vigilante, blanca, brillante. Sentía mis propias pisadas en la tierra sobre mi espalda, sin saber si yo andaba sobre la tierra, la tierra sobre mí o, bueno – sabía que era (yo) andando sobre (mí) mismo. Las olas de colores iban variando, tiñendo el cielo, el monte y el suelo. Las rocas que pisaba se me tornaron de repente esqueletos humanos, y me di cuenta que eso es la Tierra, esa que tanto despreciamos. Unos minutos después, pasaron a ser estampados de piel: leopardo, cebra, cocodrilo, esqueletos de todo tipo de animales. No tardaron en convertirse en restos de dinosaurios. No sentí pánico, solo una descarga sobre mí, el darme cuenta de que eso fui, soy, y seré: toda simple partícula de la total existencia de la Tierra se estaba condensado íntegramente en mi interior, rompiendo mi piel y ocupando el Todo. A veces, ante estas revelaciones, no podía más que arrodillarme sobre la tierra, ante una Verdad que me anula, en el mayor sentido de la palabra, ante una Realidad que me trasciende y me aniquila. En ciertos momentos, la descarga era tan fuerte que sentía mi propio cerebro colapsarse, consolidando mi Disolución. Esa noche cuando me acosté, dudé de si me fui a dormir o a despertarme.
  Seguramente uno de los factores en el rumbo de mi segundo viaje fue mi propia expectativa, mi intención de volver a experimentar lo arriba descrito. Todo esto me recuerda al coro de Aitai, donde Haruna Ono, primera vocalista y guitarrista secundaria, entona: Kimi ni aitai ima aitai, nemurenai yoru mo yume no naka de, Zutto sou zutto oboeteiru ano yakusoku, Kimi ni aitai ima aitai, Kigatsukeba boku no tonari ni ita, Modorenai hi ni.’ Viene a traducirse a: Quiero estar contigo, estar contigo ahora. En mis noches sin dormir, e incluso en mis sueños, siempre, sí, siempre. Los recuerdos sobre ti se siguen desvaneciendo. Quiero estar contigo, sí, quiero estar contigo. Aunque nos separemos y estemos lejos, te veo sonreír. La verdad es que me he resistido a capitular ciertas palabras del coro, porque bien podrían ser versos de la poesía mística cristiana de Santa Teresa de Jesús, de la islámica de Rābiʿah o de la hindú de Andal. Los místicos han (¿hemos?) escrito en muchos idiomas pero nuestra comprensión mutua es ejemplar.
  He escrito este relato sin tiempo pero sin interrupción. Lo acabo a la par de Scandal in the House, canción que presenta a las cuatro integrantes del grupo y que se reparten cantando en turnos o a la vez. Tecleo esta frase con el final del tema: ‘Hajike! Tatake! SCANDAL IN THE HOUSE! YEAHHH! Mezase! Ikou! Sou, beppin foomatto! Tenkatouitsu Daaa?! SCANDAL IN THE HOUSE!’. ¡Estalla! ¡Aplaude! ¡Scandal in the house! ¡Síii! ¡Apunta! ¡Vamos! Sí, una banda femenina preciosa. ¡¿Unificación mundial?! ¡Scandal in the house!
  Pues eso, que esta casa es un escándalo. Le regalé a mi madre por Reyes Confesión, de Tolstoi. Ahí se lee: ¿Cuál es el sentido de mi vida más allá del tiempo, la casualidad, el espacio? ¿Por qué estamos aquí?, preguntas inherentes al ser humano. Y más tarde: ‘Si vives y no puedes comprender el sentido de la existencia, ponle fin.’ Yo, al menos por el momento, seguiré escuchando a Scandal, chapando en la biblio, presionando teclas.
 Ah, también seguiré diluyendo el sirope de ágave, echándome, a veces, un chorrito de la leche que estuviese de oferta, abrazando la taza para calentarme las manos. Es decir, sorbiendo café.

 


  

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