18 may. alas de marfil

  • celoso

El bus se acaba de llevar una paloma por delante. Ha sido un golpe seco, lo he notado en el cristal en el que apoyo mi cabeza. Pienso en la mala suerte de la paloma, y en si estaba cuidando de sus pichones, o los iba a tener, o en si iba a ver a una amiga. ¿Quizás se estrelló aposta? Después de esto no puedo más que visualizar, de nuevo, lo que vi delante de mi puerta cuando salí para volver a Inglaterra para el tercer trimestre: un bebé vencejo reventado. Sus tripas rosáceas se enroscaban en las plumas grises, sus garritas estiradas y la lengua asomando tímidamente por su pico entreabierto, dejando salir el último hilito de vida. Siento lo mismo que sentí: el pájaro dentro de mí. Lo siento haciéndose hueco entre mi intestino y estómago, acurrucándose. Lo siento moviendo su piquito y haciéndome cosquillas. Lo siento poniendo peso en el fondo de mi tripa, como si estuviera saltando de alegría sabiendo que se acerca la hora de la comida.
  Me gustaría poder recoger el pájaro entre mis manos, acariciarle con la yema de los dedos, recomponerle. Pero no es posible. El pájaro está muerto. Y yo lo que tengo es ganas de vomitar, nada más.
  Pero siento algo más fuerte dentro de mí. Y bueno, para qué mentir: podría contar el por qué, poneros en antecedentes, explicar cómo ha sido. ¿Merece la pena? No. Miro a mi lado y ella ya no está, al menos no de la misma manera, no están esos labios de miel pegados a los míos. Joder.
  Pero están todas las demás: compañeras, amigas, familia. Y detrás de ellas pende un yin-yang, una A encirculada, un bolígrafo. Y entre todas las personas a las que aprecio aparece una que creo conocer muy bien. El resto le dejan paso, y aparece mesándose la barba, sonriendo y colocándose las gafas mientras no deja de mirarme. En ese momento todo el mundo abre los brazos para abrazarme, y uno de ellos me dice: ¿Y los relatos que saldrán de aquí?, mientras me guiña el ojo. Me asienten con la cabeza y se volatilizan entre los bosques mágicos de Somerset – hogar de hadas, laberintos sin fauno y duendes… eso dicen.
  Las ramas de los sauces se yerguen sobre la carretera creando un arco como elefantes con sus trompas. Las hojas verdes brillan creando una cortina que apenas deja ver los diversos arbustos y plantas llenos de vida. Juraría que están tan verdes que si los tocara me llenaría la mano de clorofila. Entre éstos aparece, mimetizado, un cervatillo comiendo. El bus le interrumpe, y el mamífero de pelo color avellana se lo queda mirando sin mostrarse molesto, como si no fuéramos sus invasores. Me doy la vuelta para comprobar qué hace, y el cervatillo se limita a de nuevo bajar su cabeza y seguir comiendo, para alejarse segundos después y perderse entre la maleza saltando como con muelles en las patas.
  Estas dos semanas pasadas he llevado tal ritmo que mi cuerpo naturalmente se levanta sin alarma cinco horas y media después de haberme ido a dormir. Sueño bastante más: sueño que exploro los lugares más fantásticamente oscuros de mundos interiores, cuevas, centros comerciales en abandono, castillos, sueño que (como siempre) al dar la primera zancada para escapar de quien me persigue me rompo los tobillos, sueño que soy una mariposa y al levantarme no sé si yo he soñado que era una mariposa o si ahora soy una mariposa soñando ser yo.
  Recuerdo que el día en el que ocurrió, 8 de Mayo, lo hablaba con Ángel:
  -Al final cada unx se mueve en función de sus intereses personales. Lo comentaba el otro dia, y me da una pena, que entre nosotras sea así. “El deseo no es el que siento, es el que construyo”  Y que conste que yo me incluyo
  -supongo que hasta esos niveles llega el capitalismo
  -ya pero victimizarnos en lo cómodo. El capitalismo, el patriarcado, es muy sencillo recurrir a eso, y asi no responsabilizarnos de lo que nos ocurre, sobre todo colectivamente
  -Bueno, es difícil establecer la línea entre el análisis para actuar y el victimismo Quiero pensar.
  -X q si colectivamente pudiésemos abordarlo, encontraríamos soluciones a lo personal. Pero no podemos. Cuenta conmigo para lo que quieras, lo único que puedo hacer desde la distancia es animarte, y si necesitas hablar te llamo.
  Cierro los ojos y me dejo resbalar unos centímetros por el asiento, subiendo la música. Suena la banda sonora de Los niños del coro. Y entre Caresse sur l’ocean y Vois sur ton chemin, creo que me resbalo tanto del asiento que lo he convertido en un tobogán y, cogiendo inercia, me catapulta al Espacio – y paso a dejar de ser Yo.
  Agito mis alas y planeo. Mi mamá me ha aconsejado que no vuele muy lejos del nido porque aún soy muy pequeño, pero está exagerando. En cuestión de minutos, la he perdido de vista y apenas oigo ya su llamada. Subo a toda velocidad y cierro mis alas en caída libre, hago piruetas pero me acabo mareando y me poso en una ramita a descansar. Justo antes de volver a despegar, una preciosa bebé pájaro, parecida a mí, se sitúa a mi lado. Me mira y la miro. Pía y pío. La rozo el ala ligeramente con la mía, y ella la suya con la mía. Despegamos al mismo tiempo – y volamos. Surcamos el cielo a centímetros de distancia la una de la otra, realizando piruetas cada vez más imposibles mientras nos animamos mutuamente, poniendo celosos al resto de pájaros. Nos parece que hemos volado una eternidad cuando ella me pide, y yo accedo, a descansar, y volvemos a la ramita en la que nos conocimos. ¡Hemos debido de estar volando mucho tiempo… más de un año seguro… casi dos!… pero qué más da el tiempo… Ella ya no es una bebé, y yo tampoco, creo. Ha desarrollado unas alas más robustas, unas garras firmes y una pose galante y erguida que le da un aire majestuoso. Como la primera vez, me roza el ala. La miro a los ojos, se me escapa una lágrima y me tomo unos segundos para rozar mi ala con la suya. Entonces asiente y sale volando sin mirar atrás. En ese momento permanezco mirando cómo se aleja en la distancia mientras aprieto con saña la ramita con mis garras. Crac. Conforme se rompe, ella se da la vuelta, permanece en punto muerto, y nuestras miradas se cruzan. Tres segundos después se vuelve a girar y continúa su curso. Cojo aire justo antes de que la ramita caiga y echo a volar en una dirección que, por lo pronto, es casi paralela a la suya. Mis alas han crecido, tengo más capacidad pulmonar y mi plumaje es más espeso. Me gusta sentir el aire en mi cara, y cuanto más rápido vuelo más lo siento. El cielo está nublado, pero han anunciado días soleados. Cuando aleteo con fuerza y me giro a ver si la…
  Next stop: Glastonbury Town Hall… abro los ojos, compruebo dónde verdaderamente estoy y me bajo del bus. La High Street es como me la pintaron: llena de tiendas espirituales con todo lo que te puedas imaginar que se pueda etiquetar como espiritual. Entro a un local aleatorio, The Lucky Man, y de frente me encuentro multitud de estatuillas de las integrantes más famosas del panteón hindú. Rápidamente busco una figura danzante, Shiva, dios de la transformación y de la destrucción. La cojo y salgo de la tienda treinta segundos después de haber entrado. Después de reunirme con mis compañeras de clase, algunas subimos al Tor, la colina por la cual Glastonbury es famoso. En lo alto sobrevive un gran símbolo fálico o, lo que es lo mismo, la torre de una iglesia del S. XIII. Justo al coronar la cima y poner en mi vista en los restos de la antigua abadía en la que supuestamente yace el Rey Arturo, el I Ching me alcanza el pensamiento. Alabado por Jung y otros tantos, es un libro chino antiquísimo utilizado principalmente para consultas y adivinación. ¿Cómo se me podía haber olvidado la respuesta que me dio cuando le pregunté sobre Sara y yo?
  Me salió Hsiao Kuo, nº 62, la preponderancia de lo pequeño, que representa un pájaro en vuelo. Dictamen: Éxito. La perseverancia es ventajosa. Se pueden hacer cosas pequeñas, no se pueden hacer cosas grandes. El pájaro que vuela trae el mensaje. No es bueno empeñarse en subir, es bueno permanecer en lo bajo. Gran fortuna.
  ¿El I Ching, errar?
  La campiña inglesa se extiende hasta dónde me alcanza la vista, y la Naturaleza respira agitando las copas de los árboles mientras ovejas, semejantes a la parte blanca de los bastoncillos para los oídos, pastan a su ritmo.
  -Pablo, ¿te apuntas a hacer el pino delante del Tor?
  -Ya ves. ¡Un fotón! Pero… ¿y el viento?
  -El viento es nuestro amigo.
  Sale una foto la cual Henry tarda treinta segundos en poner como portada de su perfil de Facebook.
  Cuando estamos ya abajo y nos quedan quince minutos para llegar al bus, Henry se da cuenta de que ha perdido su cartera. Le acompaño corriendo arriba de nuevo, me duele la espalda al subir, él se queda sin respiración. Cada zancada es como un tirón más para sacarte una espina del dedo.
  -El significado de que pierdas esto y encima aquí está bastante claro.
Al coronar la cima de nuevo, vemos perfectamente su cartera negra descansando entre la hierba que crece queriendo formar la melena del Tor. Volvemos corriendo y Henry pronuncia varios rezos en sánscrito dando las gracias.
  Ya en el bus, me palpo el bolsillo con la estatuilla de Shiva. La saco para observarla mejor y… ¡veo a un dios con la cabeza de elefante! Es Ganesha bailando, sujetando una flor de loto que representa el puro y desinteresado ascenso espiritual que tiene sus orígenes en lo más oscuro y farragoso, el barro. En su otra mano, sujeta un hacha con la que te libra de los obstáculos. Se ve su colmillo entero y su otro partido, ya que los sacrificios y el dolor son necesarios para prosperar. Ojos grandes para ver con habilidad, cabeza grande para pensar y un libro abierto a sus pies como símbolo de conocimiento. Boca pequeña para hablar menos, panza grande para digerir bueno y malo, y la trompa por su capacidad de adaptación. Aprieto al dios con cabeza de elefante en mi mano, apreciando lo que acaba de pasar. Su palma extendida hacia mí otorga tranquilidad y bendición, y juraría que oigo una risa que claramente no es de este mundo. Ganesha es el patrón de los escritores.
  Con el dios hindú en mi mano, el Tor en mi cabeza y las praderas de película de la Inglaterra profunda extendiéndose delante de mí, me invade la mente lo que he sido, soy o seré. No hay nadie a mi lado, nada a mi alrededor y yo no soy nada. Y qué más da cuando confío en el Tao. No hay nada.
 Solo un pájaro en mi interior.
  

Pablo González (18)

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