22 abr. Adiós, Marinero

22 abr. Adiós, Marinero
  • Tripulación. Palabra dada por Blanca.

Recuerdo cuando estábamos en el Parque de Atracciones y Pablo miraba embobado los zepelines pasar. Comíamos bocadillos sobre la hierba porque mamá había dicho que allí la comida era muy cara. Papá miraba a la gente pasar, en especial los carritos de bebé y las chicas guapas, e Irene le hablaba sin parar creyendo que él la escuchaba. Mamá se sentía sola porque estaba sola, así que buscaba hablarme, pero yo solo quería mirar a Pablo que miraba los zepelines llenos de gente, de familias que parecían reales. Como no hacía caso a mamá, ella le robó la mirada a papá y la palabra a Irene, monopolizando sus vidas. Yo ya había descubierto que ir al Parque con la familia era una muerte lenta, así que me fui a dar una vuelta y me llevé a Pablo conmigo. Pablo quería darme la mano, creo que porque siempre se la cogen Irene y mamá, a las que siempre rechaza. Yo quería montar en atracciones fuertes que me mareasen y me pusiesen boca abajo sintiendo los colgantes bajar del cuello a la cabeza. Pero estaba con Pablo, un niño a veces malo y a veces enfermo, un niño al que no dejaban montar en mis atracciones. Algún día le enseñaré que si tiene que elegir entre ser la víctima o ser el abusón, sea lo segundo, y que si sufre por creer que está mal, entonces sea el abusón de los abusones. Al final fuimos a la atracción del barco, que creo que ya no existe. Estaba vacía porque a la gente no le gusta tener que recorrer pasillos llenos de trampas a la hora de comer. A Pablo le costaban algunos tramos y yo no le ayudaba porque quería ver cómo se hacía mayor. Cuando llegamos a la cubierta Pablo me preguntó dónde estaba la tripulación. Yo le contesté que se los habían comido los cocodrilos, ¿cuáles, Sofí? Pues los que se ocultaban en aquellas aguas tan verdes, claro.

Me di cuenta de que mamá volvería y de que tenía que recoger la mesa del salón, las bragas del baño y airear la habitación antes de que llegase. Pero ahora no estaba en casa, estaba en una cuesta viendo a una pareja en la parada esperando a que llegase el autobús. No tenía ganas de nada, sentía cómo la fuerza se me salía por los ojos como un humecillo blanco. Llamé a Javi, porque ya podía llevarme en coche y necesitaba que alguien cargase con mi cuerpo, pero no me lo cogió y entonces me arrepentí de haberle llamado, porque luego llamaría él y no sabía qué le iba a contar. Hay personas que no son para regarlas con problemas. Al final eché a andar en dirección contraria. Recordé entonces las pastillas y al médico y a mamá con esa estúpida cara de mi hija se muere. Me encantaría saber si en uno de estos sustos que se lleva ha acabado de contratar un seguro para entierros. Las pastillas, Irene mirándome como al plato que tras el lavavajillas sigue sucio. Me di cuenta de que eso tampoco se lo había contado a Javi, pero tampoco le daba mucha importancia, al fin y al cabo lo otro era peor y me llevaba como el agua de una piscina por el desagüe. Seguí caminando, sin música porque se me había roto, pensando en Juan, en Víctor, en Javi, en mamá y en Pablo, porque con Pablo últimamente me siento tranquila. Si hubiese estado ahí le habría pedido su solución de niño pequeño, su juego, lo que fuera.

En algún momento pensé en las películas y los libros y grité en un descampado. Las historias románticas son una mierda, el amor no existe y a la gente le gusta pegarse a la piel papeles marcados con ideas falsas. Se suponía que era divertido y especial, pero al parecer Juan no pensaba lo mismo, o lo pensó y dejó de hacerlo. Y si él no venía qué iba a hacer yo, quería fumar, pero no tenía tabaco, solo alcohol de las fiestas, y no quería beber sola. Llamé a Víctor porque se había estado mostrando cariñoso, pero al poco que empezamos a beber me puso la mano en la rodilla y ya le iba a decir que se fuera cuando me di cuenta de que por qué no, si total estaba bebiendo por lo mismo que él quería acostarse conmigo, porque no hay nada después. Le quise dejar un rastro de migas hasta el dormitorio, pero él me cubrió el cuello de saliva a la altura del baño. Entonces me salió pensar en Juan, en que pese a todo le parecería mal que estuviera haciendo aquello, pero él ya no quería estar ahí, ni junto ni dentro de mí.

—Lo he estado hablando con algunas personas.

Y yo me quitaba las bragas.

—Y esto no me hace bien.

Y dejaba que Víctor me desabrochase.

—Creo que debemos buscar algo igual de bonito pero con otras personas.

Y le daba a Víctor lo que nunca se hubiese merecido.

Javi me llamó cuando ya había llegado al pueblo. No se lo cogí, había entrado en un karaoke y bailaba sola, levantando los brazos, solo para que me mirasen y me invitasen a cerveza. Pensaba que quería todo lo malo junto. Quería morirme hoy y resucitar mañana.

Al llegar a casa oí la sartén en la cocina. Me hace gracia oír el aceite hervir y sentir cómo me chisporrea la cicatriz de la mano. Pasé por la cocina pisando fuerte, para que mamá me gritase ya, me gritase todas aquellas palabras que cobrarían color y forma, pero no dijo nada. La mesa del salón estaba limpia, mi cuarto ordenado y las bragas en el cesto de la ropa sucia. En la cena mamá pareció estar normal. No entendía qué pasaba hasta que, recogiendo, papá me miró un momento, solo como para que viese aquel brillo. Le entendí tan esclavo y tan libre, de esas personas que hacen cosas maravillosas y se las callan. Después, sobre la cama, me puse a llorar pensando en todas las cosas que papá sabría y que jamás había dicho. Con mamá es fácil, mamá lo grita todo. Luego quise contarle un cuento a Pablo, porque con ese corte de pelo estaba guapísimo, pero no me salía nada, así que le recordé el día en el Parque. Él recordaba los cocodrilos y los zepelines, y yo, al ver que había empezado a llover, me acordé de los marineros muertos saliendo a flote.

Sofía (22)

21 abr. La niña-vieja

21 abr. La niña-vieja
  • tenedor. Palabra de dada por Lucia

La niña rubita vivía en una casa grande que poquito a poco se fue llenando con las tensiones de todos los años vividos.

A la niña rubita desde pequeña le gustaba jugar a las familias con las cosas de la cocina (saturando los tópicos) –mira, mira, son mamá vaso, papá vaso e hijita vaso; mira, mira, son mamá servilleta, papá servilleta e hijita servilleta- y así con todas las cosas (qué cansancio).

Un día entró una mujer vestida de negro en la cocina, una mujer guapísima que le causó a la niñita un malestar tremendo; pero como la niña  ya entonces comprendía el placer del malestar (desde luego debía estar mal hecha) quiso jugar con ella. Y así fue como la mujer le descolocó la cabeza niñita, armó un escándalo tremendo, como un terremoto, rompió a papá vaso, a papá servilleta y así con todas las cosas (qué cansancio) y cuando terminó el juego nadie supo quién había ganado.

La niña quedó tan consternada que se pasó tres años llorando en una esquina, cerró la boca al tenedor y redujo tres veces su tamaño.

Un día la niña rubita dejó de ser niña, esto fue cuando le dio la vuelta al tenedor, descubrió la violencia, el placer de clavarlo en la carne blanda y lo precioso que es el rojo. Descubrió la violencia del tenedor y la violencia del sexo y de los hombres (con esa maldita fuerza mal dotada que tienen)

La joven rubita se inventó con todos ellos un nuevo juego, un hombre por cada beso que no te dio papá y quien sienta más pierde (era muy parecido al juego de racanear besos, que es un juego secreto entre todas las niñas y sus papás)

La joven rubita se volvió vieja mirando a otra vieja en un monólogo que parecía un lamento, esto le causo mucho malestar y ningún placer.

La niña-vieja salió de casa corriendo para no volver nunca. Ahora anda empapada dando vueltas por donde llueve mucho, pero dicen que sonríe. Nadie sabe dónde acabará pero le han hablado de un sitio bonito al sur.

Ya veremos. 

                                                         Azul (21)

18 abr. Good night human pride

18 abr. Good night human pride
  • tendencia

Miraz (sí, con zeta, como Madriz y saluz), de verdad que soy horrible. Tengo un jodido mes para escribir algo con ‘tendencia’, mandarlo el día de antes y estoy tecleando esto a las 23:31 (Cero tiempo para revisarlo, perdonaZme por ello, porque lo vais a notar). Me gusta vivir al límite, pero no tanto como esperar a felicitar a la gente a las 23:59.  Y claro, tengo tantas mierdas fuera y dentro de mí que ¿de qué cojones voy a escribir yo ahora? ¡Y en castellano!
Claro, hay gente que tiene tendencia a sacarse mocos y pegarlos debajo de la silla de la cocina, otros tienden a justificar con argumentos primitivistas que son demasiado vagos para peinarse, y algunos que yo me sé a masturbarse en lugares públicos y dejar la corrida en bancos, toboganes, barandillas. Yo (shhh, no. No. eso no, esto sí) tiendo a escribir metiendo el dedo en mis llagas. No obstante, hay tendencias mucho peores. Como la del ser humano.
Esta mañana he estado con una colega que necesita trabajo y está más que dispuesta a ello, es una persona autosuficiente, responsable y honesta. Había acordado con una mujer cuidar de su hija por 30 euros diez horas por día – y solo pensaba pedir solo quince al principio. Me alegraba mucho por ella sabiendo lo bien que la va a venir un poco de dinero, quizás hasta se pueda permitir su medicación.
A cualquiera le agrada dormir en tensión porque la guardia civil puede llamar a tu puerta en cualquier momento para un desalojo, y vivir con cinco euros diarios, y comer arroz y atún todos los días. Todos los problemas a que se enfrenta cada día darían para un buen tomo, pero en Villalba no existen los pobres (dice la alcaldesa) cuando el informe de su equipo constata que 1 de cada 4 villalbinos está en exclusión social.
A dos calles de casa, me encontré una tele de tubo al lado de la basura, y como no me la iba a llevar al momento, la metí en una caja de vino barato y la tapé con mierda varia. Ahí hay mucho cobre. Doy dos pasos y veo una hoja con varias líneas escritas en el suelo. La cojo (como para no):
Gracias por existir, gracias. Gracias por dejarme soñar contigo, por hacerme vivir de ti, por verte tú cara tan linda todos los días. Gracias por hablar, sonreír, respirar, escuchar. Gracias por existir Antonia.
La caligrafía me resultó muy simplona, por lo que tendí a pensar que la adolescente Antonia ya soporta mucho bullying por su nombre como para andar con gilipolleces, amante de Antonia. Antonia quiere que le comas el coño, y después si eso escribes la experiencia y se lo mandas. Pero no te olvides de lo primero, coño.
Cada uno a lo suyo, sálvese quien pueda, a mi amiga no la llamaron (horas y horas estuvo esperando hoy) y se entera por un tercero que es porque se relaciona con sintecho. Si se llega a enterar que ella lo es… Total, de nada sirve escalar por una cuerda circular.
Al volver a casa, recogí la tele y de paso miré un poquito en la basura. Sí, troncos, ni sabes lo que te encuentras. En el proceso, pasó un coche con un faro roto, que silenció por unos segundos el llanto de la niña en la casa de al lado, todo esto con mi tos y estornudo por unas podas que habían tirado. Al cerrar la tapa, veo un reflejo. La vuelvo a abrir, lo localizo y lo saco: es un espejo. No me apeteció auto-reconocerme, ahí hay solo eso: Un espejo. Un reflejo.
La carta a Antonia seguía en la acera, la tele rajada a mi lado y el espejo con mi reflejo mirándome a los ojos.
Ahora vas y lo cascas.

Pablo (18)

 

15 abr. malabarista

15 abr. malabarista
  • malabarista

Escondidos en la niebla
tres bancos de piedra.

Duerme un gato en el de la izquierda
Ángel, en el del centro, se echa la siesta
y en el de la derecha crece hierba.

Hablaba para la tierra:
Yo fui malabarista,
corría por los valles en primavera,
la función cada luna llena,
y después descansaba en este banco de yerma.

Voz de tabaco y cigarrillos,
tez tostada y arrugada,
guardaba el color de los malabares
bajo el negro de su mirada.

Ángel, decían en la aldea,
maneja el diábolo mejor que nadie,
mi niño quiere ser como él,
dibujar su sombra,
pintarle de ámbar la piel.
La luz se agota en su memoria,
moflete de cartón,
labios como sierras,
el viento le sirve de sábana.

Igual que a una vieja fotografía,
Ángel sacude el polvo de sus mejillas.
Ya no sonríe, riega con sus lágrimas
las flores de la colina.

Y de noche, bajo el farol,
saca sus bolas de naftalina
y recuerda la risa de su hija,
la melodía entrecortada,
su pelo de caracol recogido en una horquilla.

¿Es que no te vas a apartar del frío de la piedra?
Que dan patadas a tus latas
y puñetazos en el alma
cada vez que te repiten:
Ahí está Ángel, el sin sueño,
confundido entre la escarcha.

Maria Aguado (colaboradora)

13 abr. animado

13 abr. animado
  • animado – PALABRA ENVIADA POR SOFÍA

Solíamos hacer cosas juntos.

Las raíces brotan;

dentro de la semilla;

aguarda, paciente, el árbol

con sabor a juventud,

ramas de libertad

y corteza tallada por el tiempo que hubo

y el devenir (que seguirá siendo

incierto,

todo el tiempo

que vivamos).

Mateo (13)

11 abr. Manso

11 abr. Manso
  • Manso

Tus muros son puentes para animales
forjados en hormigón cremado.
Huelen a hígado y aceite de palma
un paseo sin vistas.

Estiro El Índice y rozo
el alquitrán cerúleo de tu muñeca
el principio de una nuca y sus pliegues mortuorios
(amamanto musgo, levantamos mármol)
Señalas la hiedra uterina,
ventosa con nombre de bebé:
no cabe más vacío en las caderas”.

Pregunto: ¿para qué sirven los pulmones en un cuerpo triste?
Llevo a mi lengua el martirismo de Mujer y bebo mis anillas.
No miras (bebo mis anillas),
no miras mientras
uno, dos, tres
cuántos dientes hacen falta para desgarrar un corazón que solo late.

Maria Gomez (colaboradora)

9 abr. Alalicia del conejo

9 abr. Alalicia del conejo
  • alá – PALABRA ENVIADA POR PABLO

 

A veces yo me encuentro a mis seres queridos rezando
Lo miran para donde uno no ve más que la mancha azul
Ah, es porque su dios está metido entre
Las nubes de la oficina

A veces yo les veo juntar las palmas y tenderse
Los diccionarios
Ah, esos que te enseñan a hablarle a Dios
Lo de pedir sin dar a cambio
Algunos son buenos por si acaso
Los demás prefieren no mosquearle por si Dios en verdad es una fulana
(A veces creo que las putas somos nosotros y que no va a haber propina)

Les veo tan metiditos
Alicia se esconde en el árbol del conejo
Les veo tan con la esperanza entre los dientes
Alicia deja que el conejo se asfixie para volverse
Loca (sin tener que tirarse por el agujero)

A veces yo me encuentro a mí misma rezando
Les pido a todos los de la oficina un pelo nuevo
A veces algo de picar que no me engrose
Los domingos un vestido que no disguste a mis padres
A mis hermanos que sean buenos con la tortuga
Los días de fiesta que el alcohol me de besos en el hígado

A veces pido tantas cosas que me pregunto si me habrán parido con la cabeza desnuda sin querer.

Lucía (9)